normal. Tenía que hacer las paces entre las dos abuelas, que no se ponían de acuerdo, lo que debería de comer yo para ponerme fuerte. Un día el abuelo trajo un cochecito de niños con ruedas grandes y tejadito por si llovía. Me vino estupendamente porque me daba cuenta que a Ana le gustaba estar debajo de un árbol. Entonces ya no lloraba. Las ramas que se movían le intrigaban... Como era verano, ahí se quedaba todo el día. Una vez empezó a llover a cántaros. Le puse el techo bien alto y el cubrecoches y la dejé de prueba. Le encantaba oír la lluvia caer encima de su techo ¡Se notaba que iba a ser una niña amante de la naturaleza!

Mientras tanto a Gonzalo le urgía tener ya su año sabático y volver con nosotros. ¡Por fin se lo concedieron! Se fue a Madrid para hacer la convalidación de su carrera para ser maestro. Tuvo que hacer un examen. Ese consistía en dar una clase de geografía delante de niños y del director. Gonzalo contó que se puso delante del encerado a dibujar los límites de la topografía de Italia, preguntando a los niños: “¿Quién sabe lo que estoy dibujando?” “¡¡Una bota!!”, gritaron todos. “Pues así sabéis, que Italia se parece a una bota, ¿de acuerdo?” Con poco que les preguntó mas, dijo el director: “Ya está bien, queda usted aprobado”.

La casita de Hoyo de Manzanares la teníamos que dejar pero se quedó libre el piso de Madrid que nos había regalado el padre de Gonzalo a nuestra boda y el que tuvimos alquilado a amigos. Ya no tuvimos que meternos en la casa de mi madre.

En el Ministerio de Educación le dijeron a Gonzalo que en Jaca había una plaza de maestro. Me quedé con mis tres niñas en Madrid, mientras él se fue en coche a Jaca para investigar su puesto antes de llevarnos a todas. Me llamó desde ahí diciendo que era una tomadura de pelo: “¡Un solo alumno!” Había otro puesto en Seira, Provincia de Huesca, con 15 alumnos, en los Pirineos Aragoneses. Eso ya era mejor y se fue a investigar: El pueblecito estaba dividido en dos: abajo, al lado del río, donde se encontraba la escuela y arriba, en la montaña, donde había una vivienda de maestro vacía y en la cual podríamos vivir. Gonzalo, como tenía coche, podría hacer el viaje todos los días. Que era un sitio idílico, que nos iba a gustar. Como no había maestro por ahora, el cura del pueblo daba las clases... Con tantos preparativos ya habían pasado las Navidades. Yo, mientras tanto, esperaba otro hijo. Me sentía mareada. Fuimos al médico alemán de Madrid. Ese me dijo, que había salido un medicamento muy bueno que ya se usaba en América y Alemania, contra los mareos. Que así podría yo hacer el viaje sin tantas molestias. Era el año 60.  Emprendimos el viaje solo con las dos mayorcitas, Irene, con tres años, y Sonia con dos, sus dos cunitas desarmadas más el equipaje, todo metido en el Dauphine. A la pequeña Ana, con 6 meses, la dejamos, junto con una niñera, en casa de los padres de Gonzalo, que estaban encantados. Más tarde las iría a recoger Gonzalo, una vez instalados. Cuando nos fuimos a despedir a casa de mi madre y ella vio el coche tan cargado, se echó a llorar.

Hicimos noche por el camino. A mi me picaba todo el cuerpo, no pude ni dormir. Era la reacción del medicamento. El día siguiente llegamos a Seira. Subimos en coche al barrio de arriba. Tuvimos que dejar el coche en una plazoleta y seguir andando hasta la vivienda. Todo el equipaje lo llevaban vecinos del pueblo como si estuvieran contratados para ello. En poco tiempo estaban las camitas de las niñas armadas. Había una cama de matrimonio, mesa y sillas en el saloncito. Más no necesitábamos. En seguida estaba apalabrada una chica del pueblo, encantada de venir todos los días. Me asome al balconcito; el sitio era precioso ¡Había hasta nieve un poco mas arriba!

Gonzalo volvía encantado de sus clases con los niños. Por fin parecía que todo su trabajo para conseguirlo había valido la pena, pero... el destino todavía no nos quiso dejar tranquilos. Una mañana, Gonzalo ya estaba en la escuela, yo sentí como se me enrollaba la lengua hacia atrás, casi la podía tragar. Me puse muy nerviosa, no estaba Araceli, la chica. Se había llevado la ropa sucia al riachuelo a lavarla. Así lo hacían todas las mujeres en el pueblo. Irene y Sonia estaban jugando tranquilitas. Les dije que en seguida volvería y salí corriendo hacia el riachuelo. Ahí estaba Araceli hincada delante de una piedra y otras mujeres más. No pude pronunciar palabra solo salían unos gorgoteos de mi garganta. Señalé hacia abajo y procuré pronunciar algo que se parecía a Gonzalo. Ella echó a correr campo a través hacia la escuela. Yo me fui a casa y me tumbé en la cama para tranquilizarme. Las niñas querían saber lo que me pasaba y no les pude contestar. Pronto oía el motor del coche por la carretera y luego apagarse. Gonzalo irrumpió en la habitación. Mientras tanto mis ojos se volvían hacia atrás o arriba. Debo haber parecido a una idiota. Gonzalo preguntó a Araceli si había un médico allí. En el pueblo más allá dijo ella. Gonzalo cogió el prospecto de la medicina, me puso un pañuelo al rededor de la cara y me cogió del brazo por las callejuelas hacia el coche. Todas las mujeres salían a sus puertas al vernos pasar. A mi me daba mucha vergüenza.

En la Carta de CASATUYA nº 5, Gonzalo animaba a participar en la 7ª Marcha con textos como los siguientes:

n El campamento básico estará en La Línea. Dirección de contacto: Casatuya.

n Fechas: del 5 al 19 de agosto. Pero quien quiera ayudar en los trabajos de preparación puede venir desde ahora mismo.

n No se trata de reunirnos para incordiar, obstaculizar, perturbar o cualquier otro verbo que suene a actitud meramente negativa. También llevamos ideas constructivas. Ya lo veréis.

n Por supuesto que si la frontera estuviera abierta, habría en Gibraltar actos públicos antimilitaristas y de confraternización con la juventud gibraltareña.

¿Contamos contigo?

Mesa para la recogida de firmas durante el ayuno en la frontera. 1979

Llegamos a la casa del médico y Gonzalo le enseña el prospecto. “Una contracción muscular” dijo él. “Quizás debido a la Talidomida”. “Le voy a dar unas inyecciones para quitar la contracción por algún tiempo, ustedes tienen que repetirla pero no más de tres al día y tienen que irse rápidamente a Huesca al Hospital, para desintoxicarla” Ni me acuerdo si Gonzalo le preguntó lo que le debía. Sólo sé que volvimos a casa para coger un camisón, decirle a Araceli que se quedara con las niñas hasta que volviéramos y, rápidamente hacia Huesca. Mientras tanto la inyección que me había puesto el médico hizo reacción y sentí como la lengua y los ojos volvían a su lugar. “Qué bien”, dije. “Sí, pero no te hagas ilusiones, ¡el médico dijo que sería por corto tiempo!” Y, así fue. Eran ya las tres de la tarde y no habíamos comido, cuando sentía otra vez enrollárseme la lengua. “Vamos a comer algo” dijo Gonzalo. No, balbuceaba yo, así no.” y señalaba a mi boca. Gonzalo me tranquilizó explicándome que pediríamos una habitación por una hora y haríamos venir a un practicante para que me pusiera otra inyección, habíamos llegado a un pueblo grandecito. Le trajeron a Gonzalo un plato de comida (yo no podía ni tragar), prometieron avisar a un practicante y yo me relajé un poco. Gonzalo me miraba con mucha compasión. Ahora, al contarlo, todavía me salen las lágrimas... Llegó un practicante, me puso la inyección y seguimos el camino por muchas curvas, de prisa. Ni me daba tiempo para tener miedo. En un momento, al verme Gonzalo sin contracción, paró el coche y dijo: “Ven”, llevándome hacia el acantilado. “Tienes que ver esto, tan precioso, abajo, ¡muy abajo el río!” El quería que yo al menos, tuviera algún buen recuerdo de ese viaje. Yo no pude darle importancia en esos momentos, ¡qué lástima! Ahora me gustaría, volver a ver todo con normalidad...

Llegamos a Huesca ya muy tarde y encontramos el Hospital. Yo estaba de nuevo con mi cara de idiota. Sentía mucha vergüenza al esperar al médico. Era una mujer. Me miró y de pronto dice, dirigiéndose a Gonzalo: “¿Su mujer siempre tiene esta cara?” Contestó Gonzalo: “Por eso estamos aquí”, dijo, enseñándole el prospecto y las inyecciones. Los leyó todo detenidamente y dijo: “Hay que desintoxicarla con gota a gota, ¡tiene que quedarse ingresada!” Pobre Gonzalo, ¡la cara que puso! “Yo volveré a Seira con las niñas, ahora mismo”. “¿Todo ese viaje otra vez?” pregunté yo. “Claro” dijo él. Me dio un beso muy fuerte y se fue. Al cerrarse la puerta detrás de él me eché a llorar desconsoladamente.

Al día siguiente ya pude desayunar algo. Sólo podía dormir y pensar, pensar en mis tres niñas, una todavía en Madrid con los abuelos. En cuanto volvamos a Seira, lo primero que hay que hacer, es ir a por ella ¡Pobre Gonzalo, todavía le tocará hacer otro viaje a Madrid, con lo largo que se me había hecho! Mientras soñaba se abrió la puerta y... entran Gonzalo y mi pequeña Irene, ¡qué alegría me dio verla! Gonzalo me dijo que se habían portado muy bien con Araceli pero que Irene solo hacía preguntar por mí. Por eso la trajo Gonzalo consigo. Me preguntaba una y otra vez si ya estaba buena... Vino la Doctora y dijo que todavía tendría que quedarme otra noche más. Que no me podían quitar aún el gota a gota que tanto le extrañaba a Irene, y que no tomara de ninguna manera más la medicina aquella maldita.

Al recogerme Gonzalo el día siguiente, ya era capaz de admirar el paisaje, era como una excursión para mi. Gonzalo estaba feliz verme optimista ¡pero todavía quedaba un mal trago que pasar!

Primero recogeré a nuestra hijita Ana, que, con tanta desdicha que pasaba, la teníamos abandonada. Menos mal que los abuelos escribían que Anita se portaba de maravilla y que era una alegría para ellos. Vino con su niñera particular, Elvira, que no duró mucho tiempo. Echaba de menos los coches, a la gente, las amigas... La tuvimos que meter en un autobús hasta Huesca y darle dinero para, desde ahí podría volver a Madrid.

Mientras tanto había venido la primavera, por fin Gonzalo podía disfrutar con sus alumnos. Para dar la clase de naturaleza sacó los asientos del coche, para que cupieran los niños acurrucados dentro y les llevó al campo para observar hormigas, escarabajos y otros bichitos que ellos no se tomaban el tiempo ni de verlos. Hacía con ellos una pequeña imprenta para que escribieran su propio periódico que se llamaba “El pequeño Ribagorzano”. Y, enseñó a leer y a escribir al más pequeño, Miguel Angel, de una manera nueva que previamente había estudiado Gonzalo, cuando soñaba ser maestro.

Parecía que yo no llevaba bien mi embarazo. Sangraba poco pero todos los días. Para alegrarme la vida, íbamos los sábados al Valle de Arán y desde ahí por el túnel a Francia, Bagneur de Luchon, para comprar y ver cosas que en ese pueblecito tan pequeño no habían. Les llevamos a las niñas algún juguete de construcción, lo que les trajo amiguitos a casa. Porque entre tanto nos habíamos mudado hacia “abajo”, cerca de la escuela, donde se quedó libre  la vivienda del maestro. Los alumnos de Gonzalo no tuvieron bastante con las horas de escuela mismas, sino que perseguían a su maestro hasta nuestra casa para jugar con sus tres hijitas y estuvieron presentes, cuando Ani aprendía a andar. Cuando nos íbamos a Francia u otros pueblos, me gustaba el cambio de paisaje,  algunos llanos amplios con praderas, donde pasaba el río al ras del suelo y se podía chapotear entre los cantos rodados. En Seira teníamos a las montañas casi pegadas a la nariz, no había una vista lejana.

Nos hablaron de que en Barbastro, una pequeña ciudad entre Seira y Huesca, había un médico ginecólogo, que tenía una clínica. A ese decidimos ir para que vea si mi embarazo seguía bien. Al inspeccionarme nos dijo que había encontrado en la vagina un hueso de un miembro, que el feto estaba muerto. Al echarme a llorar él me tranquilizó diciendo: “Puede estar contenta que su organismo lo haya rechazado, si no hubiera nacido malformado, tal como están naciendo ahora muchos en América y Alemania”. El culpable fue ese medicamento maravilloso que me había recetado el médico alemán de Madrid, antes de emprender el viaje a los Pirineos... “Le podría hacerle ahora un raspado pero prefiero que aborte naturalmente”. Esa fue su equivocación, qué horror pensarlo ahora, ¡porque ya a la vuelta hacia Seira me entraron contracciones como si de un parto se tratara! ¿A donde ir?... En ese instante pasábamos por una aldea y al lado de la carretera una fonda. Gonzalo se bajó y le dijo a la posadera: “Ponga un hule en una cama que mi mujer está abortando.” Me maravillo ahora, al recordarlo, cómo, en el preciso momento, Gonzalo encontraba el adecuado remedio sin dejarse sacar de su tranquilidad habitual. El se había enrolado en esta historia, y él tenía que ser responsable ¡No había huata de celulosa, no había enfermera! ¡El baño lejos en el pasillo! Me levantaba a cada contracción, me agarraba con las dos manos contra la pared para ir al baño, mareada y tambaleando, para no manchar tanto la cama, hasta quedar exhausta.  Por la mañana fue Gonzalo en busca de un médico: “Y, la placenta, ¿donde está?” ¡Otra vez la dichosa placenta! pensaba yo “En el váter” ¡ susurré yo. “¿Podemos continuar el camino?” preguntó Gonzalo. “En coche sí, pero nada de caminar para su esposa” ¡Y todavía vivíamos arriba! Otra vez, Gonzalo tuvo que hacer uso de su imaginación: Al llegar arriba, en la plazoleta había unos hombres charlando. “Necesito tres forzudos y una silla para subir a mi mujer a nuestra vivienda sentada en la silla porque no debe de andar” Enseguida había más de tres pero Gonzalo, dando el ejemplo, me sentó y cogió una pata de la silla. Subí en silla de la reina, ¡qué vergüenza una vez más! Después de ese episodio ya nos mudamos hacia abajo, como ya dije antes.

Una de las muchas acciones en la calle realizadas en la 7º Marcha.

Todo lo que nos estaba pasando en aquel tiempo de su año sabático no nos hubiera ocurrido en Francia, eso lo sabíamos, pero Gonzalo ha tenido la necesidad de hacer una experiencia para quedarse tranquilo con su conciencia. De eso hablábamos de noche cuando teníamos un ratito de tranquilidad los dos juntos. A mi no se me ocurrió en ningún momento de culparle a él de todo lo ocurrido porque fuimos los dos los que lo habíamos  elegido. Viéndolo más tarde hasta puedo decir, que las calamidades  nos unían aún más.

Entre tanto se pasó el curso, vinieron las vacaciones de los niños de la escuela, aunque todavía se presentaban en nuestra casa para jugar con su maestro o con sus tres hijas. También se pasó el año sabático de Gonzalo y pronto tendría que volver a su jaula dorada. No se pasó el año como él se lo había figurado, porque ya nos lo recuerda el dicho: “El hombre propone y Dios dispone”. Sólo se puede obedecer al destino, no se puede uno escapar de él.

Nos habíamos gastado todos nuestros ahorros. El sueldo de un maestro en esos tiempos en España nos había alcanzado para pagar a la niñera en Madrid para cuidar a nuestra pequeña Ani y para Araceli que me ayudaba en Seira. Sin ella no hubiera podido ser esa aventura. No había Seguridad Social, había que pagar a los médicos, medicinas, hospitales... No teníamos otro remedio que volver a París. Gonzalo quería volver él solo antes de hacer el traslado con su familia, para buscar de nuevo casa, esta vez en las afueras de París, si fuera posible con un jardincito, ya que la familia había crecido y seguiría creciendo. Ahí, donde vivíamos en Seira, en la casa del Maestro, yo me podía quedar con las niñas hasta el comienzo del curso que viene. Como era verano, el clima agradable, accedí. Al lado de esa vivienda había una gran casa de vacaciones para niños con un gran terreno de juegos con columpios, toboganes etc. Mis niñas veían jugar a los otros niños y ellas no podían entrar. Un día pedí hablar con la directora y le pregunté. Ella accedió de buena gana. Así, después de todos los sustos, vino una temporadita buena. Yo me llevaba algo que hacer conmigo, y, sentada en una sillita, observaba el juego de los niños. Estaba todavía delicada por el aborto pasado y me venía a mí también de perilla. Dejamos irse de nuevo solito a nuestro P a p i t o.

No pasó mucho tiempo cuando lo teníamos otra vez de vuelta. Tenía la cara seria. Dijo que traía una mala noticia. En verdad, para mi no era tan mala porque nos obligaba a quedarnos otro año más en España, pero ésta vez con sueldo. ¿Qué había pasado? Al llegar Gonzalo a la Unesco, era imprescindible hacer un chequeo rutinario médico para poder volver a trabajar ahí. ¿Y qué resultó? que le habían observado una pequeña mancha en el pulmón y que le obligaban a estarse 6 meses en un sanatorio. “¿En Francia?” pregunté yo.  Menos mal que Gonzalo tuvo la idea de preguntar en seguida si no importaba que fuera un sanatorio en España. Y lo bueno fue que un tío de Gonzalo era médico, y conocía bien un sanatorio en la sierra de Madrid, no excesivamente lejos, que yo le podría ir a ver todos los fines de semana ¡Tan mala no era la noticia! En Madrid teníamos todavía el piso que los abuelos nos habían regalado por nuestra boda. No hizo falta volver en seguida a Francia. Habría que encontrar a una persona que me ayude y que se quede en casa con las niñas, cuando yo fuera a ver a Gonzalo en Guadarrama.

Otra mudanza más, de nuevo a Madrid pero ¡esta vez sin enfermedad dentro de mí! La mujer que encontramos estaba casada y tenía una hija de 6 años, la que pronto se hizo amiga de nuestras niñas. La mujer, Victoria se llamaba, traía a su jija, Viqui a mi casa y yo me la llevaba, junto con las mías, a la compra. Las dejaba jugando en un parquecito mientras yo entraba en las tiendas. Cuando yo iba a visitar a Gonzalo en el sanatorio, ella se quedaba, también por la tarde, en casa hasta que yo volvía. ¡Le estaba muy agradecida! Así pasaron los seis meses, le contaba a Victoria, que pronto volveríamos a Francia. Primero Gonzalo para buscar casa y luego seguiríamos las niñas conmigo. Dependía todo de si el médico de la Unesco le encontraba curado de la mancha en el pulmón. El médico del sanatorio, desde luego, le había dado el alta.

Victoria un día me viene con la propuesta de que se quería ir con nosotros a Francia con marido e hija. Que Miguel, el marido, se buscaría trabajo como albañil y ella seguía trabajando con nosotros. Viqui iría con nuestras niñas a la escuela. ¡Así de sencillo se lo figuraba todo la buena señora!

Cuando, en la próxima visita se lo conté a Gonzalo, él se quedó pensativo y dijo luego: “¿Por qué no ayudar a una familia

Nº 184ENERO - 2009